Pequeña gran parte de mí (Basilio Pozo-Durán)
Soy también así. No la mitad de dos mundos incompletos condenados a encontrarse, estallar, unirse y separarse continuamente. Soy así y me quiero así.
Todas las mujeres que me educaron. Soy. Que amé, odié. Que me dañaron. Que llenaron de sentido el placer. Muy femeninas. Y muy masculinas. Que desean hombres. Que desean otras mujeres. Que desean hombres y mujeres. Simplemente mujeres, cuerpos y deseos.
Las primaveras de doce meses. Los besos que socorren a los labios antes que las palabras. Los sueños de cambio, el realismo de los fracasos y llorar con el compromiso y la fuerza de ellas, sin la rabia y el ego herido de ellos (que a veces también son yo).
Que comparten sus embarazos inesperados, sus abortos deseados, la primera vez que sólo fue dolor y la virginidad a los treinta por el amor a su dios. Las que, en esta masculina soledad, me desatan esa pequeña gran parte de mí que baila con las manos al hablar, mira siempre a los ojos y se sienta siempre con las piernas juntas.
Y entonces encuentran abrazos las erecciones inoportunas, los orgasmos que gocé más sin eyacular, ese culito de hombre que es obvio que es estéticamente perfecto, y el último libro que leí, e incluso la forma de comprometerme con alguien aunque no me quiera igual.
¿Orgullo? Sí, mucho. De esa pequeña gran parte de mí que, tal vez la más querida, se conjuga en femenino plural: ellas.