¿Es que no podemos follar como amigos? (Basilio Pozo-Durán)
Puede que queramos, que nos miremos con deseo, que veamos cuerpos excitados escapándose por nuestros ojos. Y del abrazo, del empujoncito, de la caricia, del masaje, una fuerza irreductible, nacida en la médula del deseo, nos haga apretarnos infatigablemente y agitarnos como si quisiéramos desgajar la piel de los huesos. Un arañazo, un pellizco, una mordida, besos con saliva, lenguas y mejillas. Abrazarnos con las piernas, desenterrar un cuello bajo el cabello.
Pero las manos permanecen quietas. No echan de menos nada. Sólo juegan los cuerpos, las manos no tocan, los dedos no meten ni sacan, no aprietan ni se manchan. Cuerpos rozándose, agitándose, frotándose. A ratos duros, otras veces frágiles. Y esquivos. O pesados. Cuerpos saciados y mojados. Agotados.
Y tú te corres pero yo no. Y otras veces al contrario. Pero no recurrimos a las manos para lograr lo que tu cuerpo y el mío no alcanzaron. Sólo cuerpos rozándose, agitándose. Sin desnudos. Sin dentros ni afueras. Sin lenguas que no estuvieran en otra lengua.
El objetivo nunca puede ser correrse y sí quedarse, yo en ti y tú en mí. Sentir, pasada la agitación, la suave presión de todo tu cuerpo en todo mi cuerpo.
Y no hablar. Tampoco mirarnos mientras dura el baile. O sí, sí, mirarnos pero de otra manera, con los ojos tan cerrados que puedo ver cada onda de tu cuerpo en lo oscuro de mis ojos cerrados. Y tú el mío en los tuyos.
No ponerle ningún nombre. Ni pasión, ni rollito, ni liarnos, ni excitarnos, ni provocarnos. Ni siquiera sexo. No llamarle nada.
Eso sí, todo como en un baile. Nadie da, nadie recibe, pero todos siguen los pasos, se marcan el ritmo sin decírselo, y juegan a jugar. A que se puede todo lo que alguna vez se ha querido. A que es verdad que vivimos lo que sentimos.
Como fruto, como recompensa merecida, una pregunta menos que ya no nos acompañará hasta la muerte: ¿Es que no podemos follar como amigos?
No hay amigos más amigos, más seguros de su amistad, que aquellos que no se niegan lo que llaman “sexo”, lo que es sólo cuerpo. Y es que todo lo que somos es cuerpo y la amistad no es plena si no afronta sin miedo, como si de otro juego se tratara, las irrenunciables potencialidades de dos cuerpos festejando su encuentro.