Todo estaba casi sin hacer (Basilio Pozo-Durán)
Todo estaba casi sin hacer, también la tristeza. Tu hombro frágil soportando mi pesada desilusión: el mundo desde entonces sería el mundo. Apagué las luces y cambié de habitación, puse pancartas en las paredes en permanente revolución. Tú las mirabas tan de lejos como si fueran un paisaje. Te hablaba de luchas y de sueños, mientras esperabas en la cama sin ganas de dormir. Te acariciaba como a un libro, leyéndote entre labio y labio. Necesité tanto el diccionario…
Y a las paredes le nacieron fotografías, de ti y de mí, no en las calles sino bajo las sábanas. Hace tanto que las arranqué y aún se me clavan. Ven, acerquémonos de nuevo, y no hagamos como siempre, saludándonos entre pantallas. Te vi la otra tarde y me dieron ganas de gritar dónde vas. Últimamente te veo todas las tardes, es una cajera que vuelve a casa del trabajo, tiene tu mismo lunar bajo el ojo izquierdo.
No sé cuándo fué que todo se volvió tan sepia, tan de colores muertos, anacrónico como un CD. ¿Lo ves? Vuelvo a hablar solo, hasta que me vence el sueño. Hay árboles con las hojas por el suelo, amarillas. Casi no se ve la acera, todo son hojas. Sólo se oyen, crujiendo, mis pisadas en toda la calle. A un lado del cielo es de noche, al otro atardece o amanece. Llevo bufanda hasta los ojos, y guantes en mis manos embolsilladas. Justo antes de llegar se oye la fuente. A la puerta la misma luz, el mismo abrigo, la misma tú.
Al rato sólo hay relojes y coches, gente hablando que no dice nada, y mis oídos quisieran huir hasta nuestra cama, donde había música de palabras que abrigaban.

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