Aspiro a la eternidad (Basilio Pozo-Durán)
Aspiro a la eternidad de los felices micromomentos sin sentido, un cielo con autopistas para constantes estrellas fugaces, asistir cada día a la celebración de instantes irrepetibles.
Cambio oro por tiempo, luz por cenizas, para mojarme en la oscuridad de unos ojos tristes de agua estancada que me miran. Merezco el roce de tus pestañas en mi piel como todos los humanos merecen disfrutar de los derechos humanos.
Por más tiempo que lleve aquí, me siento un recién llegado. ¿Quiénes son estos? ¿Qué piensan? ¿Qué dicen? ¿Cómo viven? Si son humanos, ¿yo también soy humano?
El agua de las nieves es una botella de plástico azul, color de mar. El agua de las nieves ya no termina en el mar, se convierte en plástico tan azul como el mar. El mar sigue azul pero sigue sucio. Y las botellas tiradas en el mar ya no llevan mensajes. La botella es el mensaje. Basura. Más basura. Usa y tira. Bebe y contamina.
Y tus manos se han convertido también en botellas. Ya no dicen nada. Flotan sobre mí pero sin sumergirse, sin mezclarse, sin confundirse con mi cuerpo.
Pronto será tarde, temprano para nunca, retrasado (delayed) para siempre.
Trabajo a diario. Como a diario. Duermo a diario. Viviré cuando no haya días. Me desaparezco para vivir y todos me buscan. Aparezco muerto a diario y nadie me ve. La costumbre de la muerte vuelve fantasmas invisibles los llamativos cadáveres andantes que habitan las ciudades. Y en la ciudad de los muertos todos son felices mientras creen vivir.
En la tierra ya todo es tierra. Por las autopistas del cielo viajan los felices micromomentos sin sentido: los pensamientos de los suicidas libres que aprendieron a vivir.


