¿Quién quiere ver lo que Ana ve? (Basilio Pozo-Durán)

¿Quién quiere ver lo que Ana ve? (Basilio Pozo-Durán)

Que a través de Iu Antequera esta tarde pueda participar y colaborar en la organización de una concentración contra la violencia y el terror machistas, supone mucho para mí, y va más allá de mi compromiso político. Toca y mucho las experiencias y personas que he conocido en mi corta pero ancha vida.

Se ponía nerviosa al atardecer, en esos momentos cuando ni es de día ni es de noche, y siempre programaba alguna cosa para esas horas del día y evitar quedarse sola y pensativa. Fuimos pareja durante unos intensos meses de convivencia, descubrimientos, discusiones y crecimiento. Yo le decía que al atardecer no tenían por qué ocurrir más desgracias que en el resto del día. Pero ella seguía pensando en cosas raras cuando empezaba a atardecer.

Intentando servirme de consuelo en mis horas más bajas, me dijo que seguro que yo iba a salir adelante, pues ella ya consiguió superar una violación, con sólo once años. Hacía casi dos décadas de eso, y nunca más me volvió a comentar nada. Sólo me dio dos detalles: fue en el hotel de una estación de esquí cercana a la ciudad en la que ambos estudiábamos, y sucedió por la tarde, justo al atardecer.

Quizá fuera por eso que en todas sus anteriores relaciones, según me contó, incluso con hombres más maduros, hacía el papel de pareja protectora, de cuidadora, en definitiva, de madre. No podía verlos como hombres, no, veía a sus parejas como si fueran sus hijos, y claro, con nuestra diferencia de edad, cómo no iba a repetir el mismo error ahora conmigo. No sé si fue por la atracción sexual que sentíamos, o por nuestras largas conversaciones sobre feminismo, pero el caso es que ambos, cuando hacíamos el amor, nos dejábamos llevar, “como en un baile” recuerdo que me decía.

Actualmente preside en esa misma ciudad una organización que lucha por los derechos de las personas inmigrantes. Y aunque son varios los años que llevamos sin hablar, sé que una de las labores que desempeña en esa organización es la de animar y ofrecer todo el apoyo a las mujeres inmigrantes para que denuncien cualquier situación de maltrato.

Durante casi dos cursos completos tuve la oportunidad de enseñar algo y aprender mucho como voluntario en una organización, colaborando en la alfabetización de mujeres. Venían de todos los ámbitos y clases sociales: del mundo de la drogadicción, la explotación sexual, maltratadas, del mundo rural, e inmigrantes con dificultades con la lengua española. Por supuesto, sus historias personales no nos eran trasladadas al grupo de alfabetización, sólo el nivel de conocimientos que tenían, o si tenían alguna dificultad de atención por consumo de drogas, o si se sentían inclinadas a quedarse con lo que no era suyo. Sin embargo, en el caso de las que mantuvieron una asistencia más prolongada a las clases no resultaba difícil hacerse una idea de la problemática por la que estaban pasando.

Me acuerdo de una, casi de mi edad, que siempre iba excesivamente perfumada para lo que correspondía a su ropa o a su condición social. Cuando pasaron varias semanas sin que esta chica fuera a las clases, pregunté y me contaron que la habían encontrado en un burdel, en uno de los repartos de preservativos que hacían las mujeres de la organización y que ella los rechazó y dijo al oído a una de las voluntarias: “ya no los necesito, estoy embarazada”. En sucesivas visitas al burdel, se consiguió que dejara por un tiempo el trabajo del sexo y que asistiera a los talleres de la organización, se le consiguió una plaza en una casa de acogida y una voluntaria la acompañaba a todas las consultas de salud que requería su embarazo.

Procedía de una familia con posibles, pero sus padres se separaron y su madre se dio al alcohol, y el padre se negaba a pasarle a la madre la pensión alimenticia que le correspondía. Ella lo hizo por probar suerte y nadie la echó de menos, y ni siquiera los servicios sociales hicieron mucho por dar con ella (estamos hablando de una menor que se escapa de casa y que no asiste a la educación obligatoria).

Otra de las mujeres del grupo de alfabetización se ponía nerviosa, como insegura, cada vez que me acercaba a ella para revisar su libreta a ver cómo llevaba los ejercicios. A las pocas semanas entendí que había sufrido maltrato, así que hice parejas en el grupo y la puse con otra mujer que tenía más nivel. Fue mejorando, antes no lograba avanzar apenas. Es fácilmente entendible: quién puede aprender con miedo.

En una de las reuniones mensuales que teníamos con la coordinadora de los talleres para mujeres comenté que si no sería mejor que en estos casos se ocupara una mujer de dar esas clases para que esta mujer y otras que estuvieran en su misma situación se sintieran más cómodas, y no se sintieran intimidadas porque las clases las diera un hombre. Hubo una pequeña discusión pero finalmente me convenció de que no era ésa la solución: ellas necesitaban tener experiencias positivas relacionándose con los hombres, para así empezar a confiar de nuevo en el sexo masculino. Y así fue. Pasado un tiempo ya las parejas no fueron necesarias y esta mujer confiaba más en mí.

Os he contado algunas experiencias: una violación sexual, una joven abandonada por su familia y por las instituciones que ve como única salida el trabajo del sexo y una mujer maltratada. Sin embargo, aunque fuertes, no son éstas las historias que con más rabia o dolor recuerdo.

A ese grupo de alfabetización también iban a veces lo que podríamos llamar “mujeres normales” que, por unos u otros motivos, no habían tenido acceso a la educación. Entre ellas se encontraban, sobre todo, mujeres gitanas que a la discriminación por ser mujeres tuvieron que sumar la histórica marginación contra la comunidad gitana. Y también mujeres de pueblos pequeños cercanos a esa ciudad.

Yo, por mi falta de experiencia, no entendía el porqué del analfabetismo de esas mujeres del mundo rural. Estoy hablando de tener que enseñar a una “mujer normal” de un pueblo pequeño pero bien comunicado, que por edad podía ser mi madre, cómo se tiene que agarrar y apretar un lápiz para que no se mueva mucho y poder seguir los trazos de las letras. Y no encontraba explicación a esa realidad.

Así que en una charla informal con la coordinadora se lo pregunté: “oye, a ‘fulanita’, que tiene muy poco nivel, ¿qué le ocurrió, por qué no…?, ¿tuvo que emigrar?, ¿sufrió maltrato…?”. Y la coordinadora: “No, nada de eso: que es una mujer”. Y yo: “sí, ya lo sé, pero tuvo que haber… es que, aunque sea de pueblo, está cerca, hay oportunidades…”. Y ella: “Ya te digo: que es una mujer”. Y yo: “¿y ya está?”. Y ella: “Piensa en la misma situación, con las mismas características, pero con un hombre”. Y yo: “Sí, un hombre, aunque sea poco, pero algo sabría”. Y ella: “Pues ya lo sabes: el problema de ‘fulanita’ es que nació mujer”.

Recuerdo que ese día me fui muy triste, tristísimo. Y todavía hoy me parece el mayor acto de violencia ejercido contra una mujer por el hecho de serlo: negarle el mínimo acceso a la cultura, porque ¿para qué va a necesitar esa cultura?, ella a cuidar de los padres, de su pareja, de los hijos, hasta de las vecinas, a mantenerlos a todos bien vestidos, bien alimentados, y la casa bien limpia. ¿Que no sabe leer ni escribir…? ¡Ni falta que le hace!

Negar el acceso a la cultura a las mujeres es uno de los peores maltratos, la peor violencia de género y la mejor forma que tiene el patriarcado (a través del sistema económico y de las creencias religiosas sobre todo) para seguir sometiéndolas, pues no hay mayor fomento del miedo que la ignorancia.

¡Ya está bien de tanto golpear a la mitad de la humanidad! Sin esa mitad libre, culta y emprendedora, esta otra mitad masculina sería sólo el ejército victorioso de una guerra en la que no quiero participar ni que otros participen en mi nombre.

Junto con las mujeres, yo, junto con otros muchos hombres, lucharemos para que los machistas (que no tienen derecho a llamarse hombres) se mueran de miedo.

Por la igualdad entre mujeres y hombres: ¡no al terror machista!

A continuación os dejo un vídeo con la canción que he utilizado para dar título a este texto:

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Publicado en on Miércoles 25 noviembre 2009 at 6:20 pm  Comentarios (4)  
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4 comentariosDeja un comentario

  1. si, es un artìculo muy elocuente.

  2. [...] ¿Quién quiere ver lo que Ana ve? [...]

  3. :’0( snif snif…y esa canción me hace llorar aún más…nose si ya t cnté a kien se parecía el cantante d revolver y cuanto me costó no tener miedo a escucharle…

    muchos besotes :0*

  4. “No puedo darte soluciones
    para todos los problemas de la vida,
    ni tengo respuestas para tus dudas o temores,
    pero puedo escucharte y buscarlas junto a ti.
    No puedo cambiar tu pasado ni tu futuro.
    Pero cuando me necesites, estaré allí.
    No puedo evitar que tropieces.
    Solamente puedo ofrecerte mi mano
    para que te sujetes y no caigas.
    Tus alegrías, tu triunfo y tus éxitos no son míos.
    Pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz.
    No juzgo las decisiones que tomas en la vida.
    Me limito a apoyarte,
    a estimularte y a ayudarte si me lo pides.
    No puedo impedir que te alejes de mí.
    Pero si puedo desearte lo mejor
    y esperar a que vuelvas.
    No puedo trazarte límites
    dentro de los cuales debas actuar,
    pero sí te ofrezco el espacio necesario para crecer.
    No puedo evitar tus sufrimientos
    cuando alguna pena te parte el corazón,
    pero puedo llorar contigo
    y recoger los pedazos para armarlo de nuevo.”


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