Nadie nunca querrá a nadie (Basilio Pozo-Durán)
Toca odiarse. Toca amarse. Porque toca. Toca mirarse. Toca darse la espalda. Porque toca. Toca alejarse. Toca tocarse.
Este mundo que tan sólo es nuestro. Que vemos desde la atalaya de nuestro amor. En la desnudez de los cuerpos y en la metafísica de la distancia. No vemos abismos ni cumbres imposibles. Escapar es encontrarnos. Besar es sólo nuestras bocas con hambre. Y manos entrelazadas, fuertemente apretadas, por si te pierdo, me caigo de la alfombra mágica y ya no te encuentro.
Para ti. Por ti. Para mí. Por mí. Para nosotros. Por nosotros. Y abiertos a la lucha diaria por un mundo mejor. Para los dos. Para todos.
Fiesta del fin de fiesta, como verano que se fue y que apenas llegó. Con el otoño que faltó a su cita y el invierno ensimismador que nos pone guantes y calcetines.
Porque nada toca. Porque no nos toca nada. Es tiempo de libertad, de empeño por ser nosotros, por ser dos (y tres). La ropa, pequeña y nueva, para el pequeño y nuevo. Los juegos como un tirón de pelos y una sonrisa de dos (sólo dos dientes).
Ya no toca hacer nada simplemente porque toca. Los demás, si vuelven algún día, no encontrarán nada. Apenas restos de civilización, de amor porque toca.
Porque ya nadie nunca querrá a nadie. Sólo tú y yo. Sólo nosotros.
Mientras, los demás no se miran ni para decirse adiós.
En tus ojos, yo. En los míos, tú.
Nadie nunca querrá a nadie.





Disfrutad, vosotros que os veis cuando os miràis…
Un abrazo