La noche muda (Basilio Pozo-Durán)
Llévame. Nadie podría llevarme. Me voy yo. No me despido, sólo te despides para mentir otra vez, pues volverás. Yo no volveré. Me iré y me quedaré, permaneceré, como permanecen los fósiles y el carbono en la atmósfera.
Las palabras son allí una imposible utopía, sus tambores que anunciaron la guerra definitiva en la aldea global no llegarán hasta allí. No me sorprenderán ni siquiera gesticulando, intentando una conversación callada.
En la libertad, que es verdadera porque ya nadie la posee ni la proclama. Simplemente se queda allí, toma asiento y se apodera de la noche muda como la niebla permanente de un lago.
Y, como la niebla, no ciega, sino que te obliga a observar, a buscar más allá, a encontrar algo más que aire y paisaje. Te hace tomar conciencia del conjunto, de que no hay separación. No está el lugar y luego tú. No. El espacio te rodea, te acaricia, entra y sale de tu cuerpo y no existes ya ni tú ni lo demás, porque ya todo está en todo.
Es con la luz más oscura, es con la palabra más silenciosa, cuando conocemos quiénes somos. Sin necesidad de que nadie pronuncie nuestro nombre. Y sin necesidad de que nombremos nada. Una libertad que está, que va del no-tú al no-lo demás porque nunca existieron ni llegarán a existir.
Estoy en la libertad sin palabras, sin cultura, sin prejuicios ni moral. La misma de un bebé cuando todavía nadie le ha mirado, ni le ha hablado, ni rastro de luz alguna le ha rozado.
En la noche muda donde todo está en todo. Aquí me quedaré, permaneceré. Libre. Sin mí, sin lo demás. Libre. Libre.




