Dejo de confiar en la gente (Basilio Pozo-Durán)
De tenerles fe, pensar bien, creerme que lo que dicen es lo que harán siempre. Dejo de confiar en los demás sí o sí. Porque confunden la amistad con un cheque en blanco que el amigo avalará hagan lo que hagan. Porque defienden lo indefendible si el implicado es un amigo. Porque tienen principios a gusto de consumidores: somos de los nuestros. Porque es lo último que necesito para sentirme seguro y valorado. Mi seguridad en mí mismo y mi autoestima han sido siempre inversamente proporcionales a la gente en la que he confiado. Sí, hay un cero coma por ciento que se salvan, pero no por ello voy a condenarme a equivocarme con el noventa y nueve coma por ciento restante.
Porque dicen lo que sus amigos esperan oír. Como una orden religiosa donde sus miembros ayudan a ocultar los abusos a menores mientras todos se aprovechan de seguir abusando. Igual pero aún peor, porque frente a la violación de los cuerpos hay algo más grave aún que es la violación de las conciencias. Y para estar donde están tal vez puedan funcionar sin conciencia de clase, pero lo injustificable es que por norma actúen con los procedimientos de la clase enemiga: dobleces, apariencia, amiguismo cómplice, etc.
Una vez descubierto esto, puedo seguir relacionándome, conviviendo con ellos, pero sabiendo que se limitan a interpretar (a menudo es poco creíble) un papel. Sabiendo que es un juego, y decidiendo cuándo entrar y hasta dónde en su juego. Porque los que en verdad se la juegan a diario por los más desprotegidos no están pensando, discutiendo cómo se debe discutir, simplemente están luchando porque su realidad no les deja otra opción.
Es la equivocación más reciente que he tenido. Y ya estoy poniendo los medios para que sea la última y definitiva en cuestiones de confianza. Y mañana, y al día siguiente, y al otro, a luchar. ¿Los que discuten lo evidente? No voy a convencerles para que se decidan a arriesgarse, no espero que lo hagan y por el bien del resultado de la lucha preferiría que no lo hicieran nunca.



¡Qué texto más desesperanzado! !Qué tonomás desilusionado! Incluso ese “a luchar” suena poco vigoroso. No me gusta haber leído esos párrafos, tan de tarde de otoño. Es más, me parece que encierran unas ideas intrusas, sobrepuestas, artificiales…, en tu concepción del mundo auténtica, genuina… Es decir, en términos más coloquiales, un “bajón”, un “cruce de cables”, un “cortocircuito”, etc. Quiero creer que es así. Si toda la gente se fuera por el camino que traza este texto, mejor nos suicidábamos todos. El hombre está hecho para convivir y querer, no para ignorar a los demás, aislarse, etc. Otra cosa distinta es cómo llevar a cabo en cada momento estas tendencias congénitas. Porque a veces se equivoca uno y todo sale mal. Eso no quiere decir que todo esté mal, sino sólo que algo se ha hecho mal. Con los años se va aprendiendo a querer y ser querido. Te lo aeguro.
Esto que aquí relatas, nos ha pasado a todos alguna vez. No siempre poner la otra mejilla resulta tan gratificante. Pero el no hacerlo, no nos lleva más que a equipararnos con este tipo de gente.
Me he sentido traicionado en más de una vez por esa “amistad” y esa “confianza” de las que hablas. Pero no por ello pienso dejar de confiar en la gente. No por ello voy a rendirme. Prefiero equivocarme 99 veces y acertar una, que pagar a todos con la misma moneda. Es sólo mi apreciación.
Un saludo.
Cecilio.
Soy un joven con mucha vida por delante, pero después de haber leído estas palabras. Me surgen muchas preguntas, la que mas me interesa saber de usted es ¿Que es la amistad?. Mi respuesta después de haber leído sus palabras seria confianza, desconfianza y odio que es el resultado de una sociedad competitiva y sin sentimiento de entrega por los demás. Muchas gracias por describir el sentimiento que tiene toda la gente cuando tiene al que cree que es su amigo delante suya.
Un saludo
Quique.