Estar a solas (Basilio Pozo-Durán)
Se trata de ponerse la música que suena desde adentro y empezar a caminar a su compás. Subir a la zona antigua de la ciudad, a ese casco viejo deprimido que sólo visitan los turistas en busca de las mejores vistas. Y desde allí, junto a los ojos exóticos que miran tu ciudad, sentirse un extraño más.
Me siento en alguna piedra del mirador y dejo colgar mis pies que peinan los tejados, los árboles, los semáforos más altos. Parece que puedo patearlo todo, pero no, lo que me sale es poner mis plantas justo en esa ventana, en esa rama y comprobar que es esta ciudad la que me sostiene en este abismo de murallas y torres de un imperio que cayó.
Ya sólo necesito algunas palabras que escribir en el blanco de una hoja. Hay sones de guitarra y quejíos hondos que escucho por dentro de mi cuerpo. Hace muchos años yo visité esta ciudad con mirada de turista. Hoy lo hago con ojos cómplices, como dos amigos que comparten su secreto.
El amor que se encapricha con insospechadas geografías, ciudades herméticas que se abren como la primavera. Y después de toda esa explosión de aromas y color, sigue ahí, majestuosa y callada, como una prostituta enamorada.
Me gusta estar a solas con ella, rodeado de los extraños de mi ciudad.


