Nada entre los dos (Basilio Pozo-Durán)
Que seguías hablando tan bonito, tan bonito como siempre. Dormir sobre un mismo colchón. Y despertarme al notarte inquieta. Tu respiración agitada. Tus ojos volando frenéticos bajo tus párpados. Tan sólo mi mano en tu hombro como un abrazo sin tiempo. Y tus pestañas volvían a sonreír.
No está bien. Eso de desvestirse así y casi en público. No podías con tu cuerpo. Temblabas y no era de frío. Tampoco podías probar bocado. Y entonces dejábamos que fuera viernes, o sábado, o mejor aún, domingo por la tarde y compartir el odio al fútbol. Lo cierto es que era lunes a la hora de comer. Y qué. Alquilábamos pelis de dos en dos. Las dos de esas para llorar mucho. Tú en un sofá y yo en el otro. Y palomitas y refresco de cola en botellas de dos litros. Más de una vez se acababan las letras y aparecía el menú del DVD con su montaje de imágenes y música que se repetía una y otra vez. Y los dos callados, casi inmóviles. Aún no habíamos acabado de llorar. Cuando ves una historia así ya aprovechas para llorar por todo lo que tienes ganas de llorar. Porque no se trata de amores imposibles, sino constantemente perseguidos. Y en esa época los dos estábamos cursando una maestría en persecuciones.
Que me seguías llamando peque. Eso siempre me hizo más grande, más importante, más en primer plano cuando lo escuchaba en tu voz. Y cuando tú te empeñabas en hacerte pequeñita y verlo todo como una escalada cruel, yo te llamaba por tu nombre en diminutivo que pretendía ser el de una lágrima.
Que nos encontrábamos en clase y ya nos costaba muchísimo separarnos. A comer. A buscar ese libro para hispanoamericana. A ese restaurante donde tienen ese helado tan rico. A compartir la pasta de dientes. A dormir, uno bajo la ropa de cama y otro encima con una manta, luego nos hicimos manta el uno para el otro y ya no hizo falta esa manta. A masajes en la espalda.
A todo eso, quédate. Y entonces empezamos a vernos menos. Una semana. O dos. Hasta un mes. Y dejamos de ponernos al día de todo. Ni suerte nos deseamos para el examen de esa asignatura.
Que me seguías llamando peque y hablando tan bonito como siempre. Y que no pasaba nada, nada entre los dos.
Esta noche soñé.



Què bonito.
Y apuesto a que ese sueño que has tenido te ha dejado una sensaciòn preciosa. Casi tan buena como la de ese helado tan rico.
Saboréala hasta que dure.. Un abrazo.