Cuando yo era yo (Basilio Pozo-Durán)
Ya creo que sé por qué los otros me caen tan mal siempre. Porque se parecen a mí cuando yo era yo. Y ese yo que yo era entonces me cae muy mal. Se me parecen mucho a mí cuando yo era yo. Crédulo, ilusionado, seguro, fuerte, sonriente, presumido, lanzado, ingenuo, emotivo, hablador, activo, interesado, confiado, creyente, voluntario, alegre, destacado, influyente, optimista, entusiasta, curioso, amable, esforzado, inocente, familiar, amigable, ordenado, orgulloso, sincero, previsible, romántico, comprensivo, imitable, visionario, generoso, encantador.
Pero como ser así sólo me condujo al error, yo dejé de ser yo para llegar a ser otro yo. Porque el yo no es la sustancia inmodificable e irrenunciable que nos hace ser lo que somos y no otra cosa, y ser como somos y no de otro modo. El yo es más bien un espacio de autoconocimiento, de crecimiento hacia el conocimiento de nosotros mismos. Y como la urgencia de tener respuesta nos produce el miedo a su ignorancia, solemos inventarnos la respuesta antes de conocernos por completo. ¿Quién soy? ¿Cómo soy? Estas preguntas no tienen la paciencia suficiente como para responderles: pues no lo sé, ya me iré viendo, ya me iré conociendo. No, no pueden conformarse momentáneamente con esa respuesta.
Es para esas preguntas tan impacientes que se inventaron las falsas identidades colectivas. Una identidad es lo que sirve para diferenciar algo de todo lo demás, por lo que toda identidad colectiva es en realidad una falsa identidad, una no-identidad, un querer-pasar-desapercibidos. La identidad si es colectiva no “nos diferencia de” sino que “nos iguala a”, y entonces es identidad de nada y disolución del yo en el todos. Sin embargo sirve para calmarnos las preguntas. Qué bien sentirse joven como todos, creyente como todos, generoso como todos, alegre como todos… Lo único que se ha producido es un proceso de abandono del yo, entregándolo ya a los brazos del todos.
Por eso todos me caen tan mal, porque se parecen a mí cuando yo era yo. Cuanto más decía “yo soy…, yo soy…” más fuerte se hacía el “todos” camuflado en la apariencia de ese “yo”. Entonces todos cambiaron y yo quise cambiar al compás de ese “todos”. Pero ni supe, ni quise, ni pude. Porque ese “todos” nunca fue “yo”. Y me tembló todo mi imaginario personal, todas mis identidades colectivas segregaron su vacío de falsedad. Por un tiempo tuve que seguir caminando consciente de que a mi alrededor sólo había vacío.
Hoy tampoco está mucho más lleno que entonces ese vacío. Y otras preguntas, más importantes tal vez que las del yo, se me aparecen en todos los horizontes: ¿qué estás haciendo de tu vida?, ¿qué quieres hacer de tu vida? No son muy pacientes estas preguntas, pero al menos sí tienen una respuesta bien firme y segura que las llena de sosiego, de confianza, incluso le pone ternura a esa vida interrogativa. Esa respuesta no es otra que: “quiero ser yo y no todos”.
Sólo cuando dedicas gran parte de tu tiempo a la contemplación de tu “yo”, las sombras de los “todos” se vuelven apenas líneas oscuras de alambre. Y así sí son útiles, pues sirven para señalar los límites que nunca debe traspasar el “yo”. Señalan los espacios habitados por las identidades colectivas, por el sentido común, por el pensamiento único, por el es-lo-más-lógico… esos espacios llenos de vacío.

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