El verdadero Club de París es argentino (Basilio Pozo-Durán)
Si se escucharan las guitarras… Si hubiera montañas… Y calles estrechas… Y casas blancas… Y los arcos andalusíes… Que los árboles no llegaran tan altos, que fueran sólo olivos. Y que lo azul de esta bandera se cambiara en verde. Y más poetas y menos teóricos. Un olor a hierba recién cortada y el sol que se cuela hasta las horas de la noche. Pero es más el deseo de conocerla, de acabar comprendiéndola en tantas cosas que no me hacen reír.
Hoy celebra este país el día de la industria y la presidenta reunió a los principales del sector para hacer balance y presentarles nuevos proyectos. Un anuncio los levantó de sus asientos y abrió los informativos de todas las televisiones: Argentina ha pagado su deuda con el Club de París. Gran ovación y felicitaciones de todos los partidos políticos. Cristina Fernández se enorgullecía recalcando ante los medios que su Gobierno saldaba las deudas no sólo de su responsabilidad sino también las deudas originadas por gobiernos anteriores.
El Club de París es una sociedad integrada por grandes economistas y sufragada por los principales países capitalistas de este mundo horrible. La idea surgió de Felipe González y de otros estadistas europeístas para establecer un foro económico alternativo al FMI y al BM, ambos más influidos por Estados Unidos. Fue el Gobierno argentino de Carlos Menem, gran amigo de Felipe González, el que se guió por las consignas económicas de este Club de París, lo que supuso, entre otras cosas, radicales privatizaciones de servicios públicos. El Club le prestaría grandes sumas de dinero que ya devolvería una vez que esa política económica empezara a dar beneficios.
Pero el beneficio no llegó. Hubo recesión, corralito, falta de liquidez… Entonces el Estado decide intervenir en la política cambiaria del peso argentino con el dólar estadounidense y modera la liberalizaciones volviendo a controlar las tasas de las importaciones y exportaciones del país. Y Argentina empezó a crecer a una velocidad máxima de un 8% del PIB. Ahora que ya sólo podrá crecer al 5% o menos la oposición mete miedo con la inflación y vuelve a exigir más liberalizaciones.
Pero el beneficio entonces, aunque tarde, sí llegó. Se empezó por pagar la deuda al FMI y se prometió a lor argentinos que desde ese momento los beneficios se destinarían a mejorar la vida de los más explotados del país y ya nunca más se usarían esos beneficios para pagar deudas a organismos económicos extranjeros no-democráticos.
La memoria y los derechos humanos en esta República sólo alcanzan para sentar en el banquillo de los acusados a algunos ex-militares genocidas de segundo o tercer rango. Pero no llega más allá. Nunca alcanza para ese 30% de argentinos en situación de pobreza relativa (disponen de una renta inferior al PIB por habitante).
Si alguien de ese 30% vio los informativos o se enteró de la noticia por la radio, esta noche, mientras mira las estrellas, se quedará dormido soñando que también él y millones como él deberían ser el único Club de París para la Presidenta de la nación.
La mayor deuda para un país debe ser siempre la que contrae con sus ciudadanos.