No es un viaje

No es un viaje (Basilio Pozo-Durán)

Un viaje no es la distancia que recorres, ni siquiera los lugares que visitas, ni las personas que conoces. Un viaje no consiste fundamentalmente en viajar. Digamos que basta aprender a moverse, aprender a respirar de otra manera. Con eso basta para viajar.

Parece increíble lo igual que es todo desde la ventanilla de un avión. Las aglomeraciones que solemos llamar ciudades son sólo cuentas de un collar muy largo de distintos tonos de amarillo. Como constelaciones aterrizadas. Y luego el océano. Oscuridad y oscuridad con algunas nubes más claras. Y en lo alto, imperturbables, algunos agujeros de luz. Pienso si alguien más los estará mirando precisamente ahora, a estos mismos agujeros, y así podrán convertirse en estrellas. Y al rato otra vez las constelaciones aterrizadas. Aunque éstas están muy lejos de las primeras, son muy parecidas. Tan sólo el frio y la humedad parecen ser nuevos.

Rugir de autos y bosques cercados de destrozos de una época dorada que quieren ser casas, incluso hogares. Y una ciudad de avenidas cruzándose en perfectas líneas perpendiculares y plazas de juegos y terrazas igualmente repartidas por cada cuadrante de la ciudad. No hace mucho que amaneció. La gente parece caminar, parece que tiene trabajo, parece que quiere llegar a algún sitio. Pero yo sólo veo que recorren una y otra vez la misma avenida copiada y pegada unas cuadras más allá. Las enumeraron como páginas de un libro. Algunas además, y las plazas, tienen nombre de algún general no muy antiguo que hay que estudiar en los libros de historia.

La casa, de sólo una planta baja. Un pasillo que distribuye dos habitaciones y al fondo la cocina. Luego otro pasillito que da al baño y a otra habitación. Y detrás de la cocina un trozo de baldosas entre paredes y sin techo que llaman patio. Todo está antiguo, pareciera a punto de derrumbarse, pero sirve, incluso parece querer competir con tanta comodidad y modernidad que abusan de nosotros por otras latitudes.

Cuando miro el mapa me aterra la imagen de verme tan al Sur y tan lejano de otro Sur, de mi Sur. Pero cuando empiezo a recorrer las avenidas copiadas y pegadas, con sus casa bajas, sus pequeños bloques de apartamentos de reciente construcción, sus tiendas, sus cines, sus teatros, sus edificios oficiales de un diseño importado de una cultura ya muy envejecida… entonces me siento como en casa y con menos prisas, con menos ojos prendiéndose a mi nuca juzgando mi forma de caminar, mis silencios, mi pararme a leerlo todo. Hasta una catedral gótica y casi hueca se mandó construir en este Sur. Casi nadie reza allá porque parece no haber nada a qué rezar. Pero pensaron que en el centro de toda ciudad debe debe haber no sólo el ayuntamiento, que ese poder es eventual, perecedero, sino que también enfrente plantaron un templo en honor a la nada, ésta sí imperecedera. Y unieron los dos edificios en una gran plaza para despejar las dudas sobre lo parecidos que son el poder y la nada.

Los autos son más ruidosos y alocados que en el Sur del que vengo. Conviven los modernos con los que yo llamaría antiguos. Cuanto más antiguos más parecen a punto de chocarse. Y apenas hay pasos de peatones. Con cortes perpendiculares les basta para organizarse. El semáforo para los autos está al comienzo de la siguiente avenida y el auto se para en la intersección que hay justo antes de que cruce la otra avenida en perpendicular. Sorprendentemente apenas usan el “pu-pu-puú” estridente que tanto suena en el otro Sur, y se paran en seco justo cuando el semáforo se pone rojo. Y en las plazas, grandes rotondas para los autos, también hay que cruzar cuando intuyes que te dará tiempo a alcanzar la otra orilla.

Eso sí, la gente, más que amable. Sin tanto humor de perros ni quejas por tonterías. Los buses también están antiguos y ruidosos. Casi se descomponen a cada frenada. Pero la gente no se empuja ni se agolpa para entrar en los buses. Pide paso, permiso, se disculpa. Y algunos conversan pero sin gritar. Otros hasta se atreven a quedarse dormidos. Sin curvas que tomar, con sólo avenida más avenida, y sin que nadie les avise saben cuánto queda para su parada.

Y las comidas, mucho cereal, carnes y sobre todo té, mate… Materias primas sobre todo, aunque no tienen una forma original de cocinar o de preparar algún plato. Al menos yo no la conozco aún.

La ropa aquí es de abrigo en pleno agosto, como en todo el Sur del Sur. Y no se ponen apenas adornos ni se peinan de forma llamativa. Los colores de sus ropas apenas son colores. Pantalones, y jersey, y abrigo de un color de no-color.

Yo traje abrigo pero también traje color. A ver si logro contagiar a todas estas perpendiculares avenidas.

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Publicado en on Miércoles 13 agosto 2008 at 1:01 pm  Comentarios (1)  
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Un ComentarioDeja un comentario

  1. Hola Basi: No nos conocemos, pero nos conocemos desde hace ya varios años que yo vivía en Madrid. Incluso conocemos lo que pensamos y sentimos. Soy tu amiga argentina que ahora vive en Copiapó (norte de Chile).Qué lindo relato de viaje. Me encantó tu recorrido, pero me hubiera gustado encontrarnos. Qué pena no saberlo con anticipación porque tal vez nos hubieramos visto. Un abrazo en Cristo: Hna. María josé


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