Un simple capricho del mando a distancia (Basilio Pozo-Durán)
Abrí una puerta alta, pesada, ruidosa, gastada… y sin embargo blanca, blanca de sol, sol del Sur. Y luego una escalera antigua se plantó frente a mí.
Te sostenía en el tercer o cuarto peldaño. Sandalias negras, unas mallas azules y una camiseta blanca de tirantes y, encima de todo, tu pelo negro, muy negro, recogido en una cola que hacía cosquillas por tu cuello.
Al crujir de la puerta te giraste, nunca sabré quién creíste que sería la persona que abrió la puerta, pero miraste como esperando a alguien importante y conocido. Ahí estaba yo y tus ojos grandes y oscuros.
Subimos la escalera con el presentimiento de dirigirnos al mismo piso, sabíamos que un mismo motivo nos había juntado allí.
Después de muchos años, casi una eternidad, ceno con esos mismos ojos contándome las verbenas del verano por la televisión local. Y hoy también sé que este encuentro no es un simple capricho del mando a distancia.


